Durante décadas, una parte importante de la teoría crítica sostuvo que los grandes espectáculos funcionan como mecanismos de distracción. Desde la vieja metáfora romana del pan y circo hasta las reflexiones contemporáneas sobre la industria cultural, la idea fue siempre la misma: mientras las masas se entretienen, dejan de discutir aquello que verdaderamente determina sus condiciones de vida.
En términos generales, esa lectura conserva su vigencia. Sin embargo, la realidad argentina parece introducir una paradoja en relación al fútbol que merece ser analizada.
Hoy asistimos a un proceso político en el que, desde el propio gobierno nacional, predomina un discurso profundamente crítico de buena parte de las tradiciones sobre las que se edificó la identidad argentina. Se reivindican modelos extranjeros como horizonte civilizatorio, mientras se relativizan o minimizan símbolos, instituciones y relatos que históricamente contribuyeron a construir un sentido de pertenencia nacional.
No deja de resultar llamativo que existan gestos oficiales de fuerte identificación con otros países —como la celebración oficial de la independencia de Estados Unidos o la presencia recurrente de símbolos israelíes en actos públicos— mientras distintos episodios vinculados a fechas patrias han sido minimizadas, invisibilizadas o, directamente, negadas. Más allá de cada episodio puntual, lo relevante sociológicamente es el clima cultural que expresa: una creciente desvalorización de lo propio como condición para legitimar la admiración por lo ajeno.
Ese fenómeno no es nuevo. Toda experiencia de subordinación cultural necesita previamente erosionar la autoestima colectiva. Ningún pueblo entrega voluntariamente sus recursos estratégicos, su capacidad de decisión o su soberanía si previamente conserva una alta valoración de sí mismo. La dominación comienza mucho antes de la ocupación material; empieza cuando una sociedad internaliza la idea de que todo lo propio es mediocre, ineficiente o corrupto.
Así aparecen frases repetidas hasta el cansancio: “los argentinos somos chantas”, “somos vagos”, “somos incapaces de administrar nuestros recursos”, “necesitamos que vengan de afuera a enseñarnos cómo hacer las cosas”. No son simples opiniones aisladas. Constituyen un relato político y cultural que termina justificando cualquier proceso de privatización, extranjerización o pérdida de autonomía nacional.
Cuando un pueblo deja de confiar en sí mismo, la entrega de soberanía deja de parecer una tragedia para convertirse en una supuesta necesidad.
Es precisamente allí donde el fútbol adquiere un significado que trasciende largamente lo deportivo, por lo menos en esta Patria.
Mientras gran parte del discurso público cuestiona la identidad nacional, el fútbol continúa siendo uno de los pocos espacios donde millones de argentinos sienten orgullo de pertenecer a una comunidad. Allí la bandera vuelve a ser motivo de celebración. El himno vuelve a cantarse con emoción. La camiseta deja de representar solamente un equipo para transformarse en un símbolo de identidad compartida.
No es casual que la Selección Nacional despierte semejante nivel de identificación. Tampoco resulta casual que la causa Malvinas reaparezca espontáneamente entre jugadores e hinchas como una causa nacional que excede cualquier diferencia partidaria. Cuando los futbolistas exhiben consignas vinculadas a las Islas Malvinas, no están simplemente realizando un gesto deportivo: están expresando una memoria colectiva que sigue formando parte de la identidad argentina.
El fútbol reconstruye algo que la política institucional parece haber abandonado: la idea de un “nosotros”.
Y ese “nosotros” posee una enorme potencia política.
Porque ningún proyecto de desarrollo nacional puede construirse sobre una sociedad convencida de que todo lo propio merece ser destruido. Antes de discutir modelos económicos, resulta indispensable recuperar la confianza en nuestras propias capacidades.
Argentina no produjo únicamente extraordinarios futbolistas.
También fue capaz de construir uno de los sistemas universitarios públicos más importantes de América Latina, un sistema científico reconocido internacionalmente, hospitales públicos que durante décadas constituyeron referencia regional, organismos tecnológicos, empresas estratégicas, derechos laborales pioneros y una extensa tradición de movilidad social ascendente.
Nada de eso significa negar las enormes deficiencias existentes. La educación necesita mejorar. El sistema de salud enfrenta problemas estructurales. El Estado requiere profundas reformas. La corrupción debe combatirse. La pobreza constituye una deuda social inadmisible.
Pero existe una diferencia fundamental entre mejorar lo propio y destruirlo porque se considera irremediablemente inútil.
Las sociedades que progresan no renuncian a su patrimonio institucional. Lo perfeccionan.
Por eso, quizás el debate sobre el fútbol esté mal planteado.
No se trata de preguntarnos si distrae o no distrae.
La pregunta verdaderamente importante es qué ocurre con esa energía colectiva cuando termina el partido.
Si la pasión nacional desaparece junto con el pitazo final, entonces el espectáculo habrá funcionado apenas como una válvula de escape. Pero si ese orgullo logra extenderse hacia otros ámbitos de la vida pública —la educación, la ciencia, la producción, la cultura, la industria, la salud pública y la defensa de nuestros recursos estratégicos— entonces el fútbol habrá cumplido una función mucho más profunda, una función social, además de la que ya cumple incluyendo y conteniendo a cientos de miles de pibes de nuestro país.
Habrá servido para recordarnos que un pueblo capaz de producir a Maradona, a Messi, a Scaloni y a una generación que volvió a emocionar al mundo también puede construir un proyecto nacional de desarrollo.
Quizás el verdadero desafío no consista en abandonar el fútbol para pensar la política.
Quizás consista en trasladar a la política aquello que el fútbol todavía conserva: el orgullo por la camiseta, la convicción de que lo colectivo vale más que el individualismo extremo y la certeza de que ningún equipo alcanza la gloria despreciando su propia historia.
En tiempos donde pareciera imponerse la idea de que todo lo argentino merece ser reemplazado por modelos importados, el fútbol permanece como una de las últimas trincheras donde todavía se celebra la pertenencia.
Y acaso sea desde allí donde pueda comenzar, nuevamente, la reconstrucción de una autoestima nacional indispensable para cualquier proyecto de desarrollo, justicia social y soberanía.
Gentileza de Lic. Germán Herrera
Sociólogo
Docente
Coordinador del Área de Ciencias Sociales del IUCE
