Por Lic. Germán Herrera: Sociólogo, Docente, Coordinador del Área de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Ciencias Empresariales (IUCE) de la Provincia de Mendoza
En una época en la que buena parte de la vida social transcurre a través de pantallas, donde las redes sociales multiplican los contactos, pero no necesariamente producen comunidad, la religión vuelve a poner sobre la mesa una cuestión fundamental: la necesidad humana de pertenecer a algo que trascienda la propia individualidad.
No se trata de idealizar las instituciones religiosas ni de desconocer los procesos de secularización. Se trata de comprender que la fe, además de constituir una experiencia íntima, puede funcionar como un principio de organización colectiva, una fuente de identidad y un espacio desde el cual construir solidaridad, valores y proyectos compartidos.
Una sociedad que cambia su manera de creer
Una encuesta publicada recientemente ofrece datos significativos para pensar estas transformaciones. Según la Encuesta Nacional sobre Religión Vivida (ENReVi 2026), el 16,5 % de los adultos consultados manifestó su intención de asistir a los encuentros con León XIV durante su visita a la Argentina. Otro 34% todavía no había decidido si concurriría, mientras que el 49,5 % afirmó que no tenía previsto hacerlo.
Sin embargo, el dato más interesante aparece cuando observamos las prácticas religiosas cotidianas. El 95,2 % de las personas encuestadas declaró haber realizado al menos una práctica religiosa o espiritual durante el último año. La oración fue mencionada por el 76 % y el 60,3 % manifestó rezar al menos una vez por semana o diariamente.
La misma investigación muestra un cambio en las pertenencias religiosas: mientras el 78 % afirmó haber sido criado en el catolicismo, el 60,2 % se identificó actualmente con esa religión. En paralelo, las personas sin afiliación religiosa pasaron del 5,8 % entre quienes fueron criados sin una pertenencia religiosa definida al 19,3 % en la actualidad.
El estudio, realizado entre el 27 de agosto y el 7 de septiembre de 2026, abarcó las 24 jurisdicciones del país y contó con 2.414 casos observados y 2.092 ponderados. Fue desarrollado por investigadores de la Universidad Católica de Córdoba, Boston College y la Pontificia Universidad Católica Argentina, con trabajo de campo a cargo de Zuban Córdoba y Asociados.
Estos resultados sugieren una paradoja: las identidades institucionales pueden debilitarse mientras persisten las prácticas espirituales. La religión no desaparece necesariamente cuando las personas se alejan de las iglesias; también puede transformarse, individualizarse y adoptar nuevas formas.
La Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas, publicada por el CEIL-CONICET en 2019, ya había registrado una transformación importante: el catolicismo representaba el 62,9 % de la población, el evangelismo el 15,3 % y las personas sin religión el 18,9 %.
Luján: cuando la fe se convierte en experiencia colectiva
Hay fenómenos que permiten observar esta dimensión comunitaria de manera mucho más directa que cualquier encuesta. La peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de Luján en Provincia de Buenos Aires es uno de ellos.
La Municipalidad de Luján informó que millones de personas participaron de la 52.ª Peregrinación Juvenil, considerada por el municipio la más concurrida de su historia. Miles de personas recorren aproximadamente 60 kilómetros desde Liniers hasta Luján, atravesando el cansancio, la lluvia y las dificultades del camino.
¿Qué explica semejante movilización?
La respuesta no puede reducirse a una cuestión doctrinal. La peregrinación es también una experiencia de encuentro, de sacrificio compartido, de solidaridad y de reconocimiento mutuo. Personas de diferentes edades, procedencias y condiciones sociales participan de un mismo ritual, sostenidas por una creencia y por una identidad que las trasciende.
Lo verdaderamente importante es comprender qué produce socialmente una movilización de esta magnitud: durante un tiempo, miles de individuos dejan de ser únicamente sujetos aislados y se reconocen como parte de una experiencia colectiva.
La fe ofrece aquí algo que las sociedades contemporáneas necesitan recuperar: la posibilidad de compartir un camino, una memoria y una esperanza.
El problema de construir sentido en tiempos de incertidumbre
La discusión adquiere otra dimensión cuando la vinculamos con las problemáticas de salud mental, la soledad y la transformación de los vínculos sociales.
Las redes digitales permiten comunicarnos permanentemente, pero la conectividad no garantiza por sí misma relaciones profundas, confianza o pertenencia. Podemos estar expuestos a miles de mensajes y, al mismo tiempo, carecer de espacios donde ser escuchados, acompañados y reconocidos.
En este escenario, las instituciones religiosas pueden ofrecer redes de contención, actividades compartidas, acompañamiento durante situaciones difíciles y oportunidades de participación.
Esto no significa atribuir a la religión la capacidad de resolver por sí sola los problemas de cotidiano de los individuos. Las políticas públicas y los sistemas de cuidado siguen siendo indispensables. Significa reconocer que el bienestar humano también está relacionado con los vínculos, la participación y el sentido de pertenencia.
El desafío contemporáneo consiste en comprender que una sociedad no se sostiene únicamente mediante intercambios económicos, instituciones administrativas o conexiones tecnológicas. También necesita espacios donde se produzcan confianza, reciprocidad y responsabilidades compartidas.
En términos sociológicos, se ha pensado a la religión como uno de los posibles cementos sociales: una trama de símbolos, rituales, valores y prácticas que contribuye a mantener unidos a grupos humanos.
Pero ese cemento no es necesariamente homogéneo ni está exento de conflictos. Las comunidades religiosas pueden integrar, acompañar y movilizar; también pueden excluir o establecer fronteras entre quienes pertenecen y quienes quedan afuera. Su aporte a la vida colectiva dependerá, en parte, de su capacidad para construir comunidad sin negar la divergencia.
Brasil y Argentina: la dimensión política de la fe
La religión también interviene en la construcción de identidades políticas. El caso brasileño resulta especialmente ilustrativo.
Durante las elecciones presidenciales de 2022, Jair Bolsonaro recibió el respaldo de importantes sectores evangélicos, mientras que determinados pastores y organizaciones religiosas participaron activamente en la disputa electoral. En la elección del domingo pasado también se pudo observar la vigencia de dicho fenómeno. Las iglesias pueden disponer de redes territoriales, liderazgos reconocidos, canales de comunicación y espacios de socialización que inciden en la manera en que sus integrantes interpretan la realidad política.
Un estudio publicado en 2025 en la Revista Brasileira de Ciência Política, titulado “Lideranças religiosas e o voto em Bolsonaro em 2022”, examinó comparativamente la relación entre el apoyo de dirigentes religiosos católicos y evangélicos y el voto a Bolsonaro. La investigación aporta herramientas para analizar cómo los liderazgos religiosos pueden intervenir en las decisiones electorales.
Esto no significa que todos los evangélicos voten de la misma manera ni que la identidad religiosa determine automáticamente una preferencia política. La relación entre fe y voto está mediada por las trayectorias personales, la posición social, las interpretaciones morales, las identificaciones partidarias y las circunstancias históricas.
En Argentina, el crecimiento de las iglesias evangélicas también merece atención. Su presencia territorial, su capacidad organizativa y la participación de algunos de sus referentes en el debate público muestran que el campo religioso ya no puede comprenderse exclusivamente desde la histórica centralidad del catolicismo.
El relevamiento del CEIL-CONICET de 2019 registró que el 15,3 % de la población se identificaba como evangélica, frente al 9 % registrado en 2008. Es una transformación significative.
La cuestión central es que las comunidades religiosas no solamente transmiten creencias: también producen interpretaciones del mundo, jerarquías de valores y formas de entender la justicia, la autoridad, la familia, la solidaridad y el Estado.
Por eso, la religión puede constituir un espacio de construcción política incluso cuando no participa directamente de una elección. Allí donde se forman vínculos, se organizan actividades, se identifican problemas comunes y se movilizan recursos colectivos, también existe una potencialidad para intervenir en la vida pública.
La CIA, la Guerra Fría y la disputa por las ideas
La influencia de la religión en la política latinoamericana también debe analizarse dentro de la historia de las disputas geopolíticas.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos consideró a las instituciones religiosas latinoamericanas un actor relevante para comprender las dinámicas sociales y políticas de la región. Un documento oficial de 1969, el National Security Study Memorandum 68, solicitó a distintos organismos estadounidenses, incluida la CIA, un informe sobre las iglesias en América Latina. El encargo contemplaba analizar la estructura de las iglesias, sus tendencias, sus principales referentes y la influencia de los grupos religiosos no católicos y de los misioneros extranjeros.
Este antecedente, disponible en el archivo histórico del Departamento de Estado estadounidense, demuestra que el gobierno norteamericano consideraba el campo religioso un asunto de interés estratégico.
Los estudios históricos también han documentado las relaciones entre sectores evangélicos estadounidenses, políticas anticomunistas e intervenciones en América Central durante la Guerra Fría. En países como Guatemala y Nicaragua, determinados dirigentes religiosos mantuvieron vínculos con gobiernos y actores políticos que se presentaban como defensores de Occidente frente al comunismo.
¿Por qué las potencias consideran importante el universo religioso? Porque las creencias no se limitan al ámbito privado. Pueden organizar solidaridades, legitimar autoridades, cuestionar gobiernos o contribuir a la construcción de identidades colectivas.
La religión es, por tanto, un espacio donde se disputan sentidos, valores y formas de organización social.
León XIV y la discusión sobre la inteligencia artificial
La visita papal también puede abrir una discusión sobre los desafíos de la época digital.
En su encíclica Magnifica Humanitas, del 15 de mayo de 2026, León XIV abordó cuestiones vinculadas con la inteligencia artificial y la necesidad de preservar la primacía de la persona humana frente a la innovación tecnológica.
La preocupación no es menor. Los algoritmos intervienen cada vez más en la circulación de información, la organización del trabajo, el consumo, las relaciones sociales y la construcción de la opinión pública. La inteligencia artificial puede ampliar capacidades humanas, pero también plantea interrogantes sobre la concentración del poder, la privacidad, la desinformación y la responsabilidad por las decisiones automatizadas.
La ENReVi 2026 aporta aquí un dato interesante: el 75,2 % de las personas encuestadas manifestó estar de acuerdo con la necesidad de establecer controles públicos sobre la inteligencia artificial para evitar la desinformación y la vigilancia masiva. Además, el 77,4 % coincidió con que el agua, los alimentos y los servicios de salud deberían quedar fuera de la especulación financiera.
Estos resultados permiten advertir que determinadas preocupaciones éticas y sociales pueden generar consensos que atraviesan las identificaciones partidarias.
La intervención de la Iglesia en estas discusiones no necesita interpretarse exclusivamente como una disputa doctrinal. También puede leerse como un intento de formular preguntas sobre el sentido del desarrollo tecnológico: ¿para qué innovamos?, ¿quién se beneficia?, ¿qué vínculos queremos preservar?, ¿qué responsabilidades tenemos frente a los demás?
En una sociedad donde la tecnología promete resolver cada vez más problemas, la pregunta por los fines sigue siendo tan importante como la pregunta por los medios.
La fe, la comunidad y la construcción de una nación
La visita del Papa, la peregrinación a Luján, la transformación de las identidades religiosas y el crecimiento de las iglesias evangélicas remiten, en definitiva, a una pregunta sobre la cohesión social.
¿Qué mantiene unido a un pueblo? Las instituciones, las leyes, la historia y los intereses compartidos son fundamentales. Pero también lo son los relatos colectivos, las tradiciones, los símbolos y las experiencias mediante las cuales las personas se reconocen como parte de algo común.
La fe puede cumplir esa función, porque en esos espacios se puede desarrollar capacidad de organizar encuentros, transmitir valores, acompañar a quienes atraviesan dificultades y convocar a la acción colectiva.
La Argentina es una sociedad plural, atravesada por distintas tradiciones religiosas y por el derecho de cada persona a creer, cambiar de creencia o no profesar ninguna. Pensar la cohesión nacional exige reconocer esa diversidad, pero también entender que nuestro pueblo-nación argentino tiene una fe fundante que es indispensable comprender e incorporar en todo proyecto colectivo que se pretenda popular y que busque responder a las demandas mayoritarias. La fe fundante del pueblo argentino no es suficiente en proyectos de este tipo, pero, sin duda, es indispensable.
La potencialidad política de la religión aparece cuando contribuye a organizar redes de solidaridad, defender derechos, promover debates públicos y construir respuestas comunitarias frente a necesidades concretas.
En tiempos de individualismo y fragmentación, recuperar la dimensión comunitaria de la fe puede ayudarnos a pensar una cuestión más amplia: la necesidad de reconstruir espacios de participación, encuentro y responsabilidad compartida.
Por redacción
