
Por Lic. Germán Herrera
Hay números que deberían obligarnos a detenernos, por su importancia, en términos individuales y sociales, porque detrás de ellos hay vidas, familias, historias y, fundamentalmente, una sociedad que necesita preguntarse qué está sucediendo para que no siga ocurriendo.
La noticia conocida esta semana acerca del récord de suicidios registrados en la Argentina durante 2025 debería producir algo más que una preocupación pasajera. Según los datos del Sistema Nacional de Información Criminal, durante 2025 se registraron 5.209 suicidios, frente a 3.304 en 2017. Esto representa un incremento del 57,7% en ocho años. La tasa pasó de 8,2 a 11,8 cada 100.000 habitantes, el valor más elevado de la serie analizada.
Hay otro dato todavía más inquietante: el suicidio se convirtió, desde 2022, en la principal causa de muerte entre las personas de 15 a 24 años y, en 2024, también ocupó el primer lugar entre quienes tienen entre 25 y 34 años, desplazando a los accidentes de tránsito.
No estamos, entonces, solamente frente a un problema de salud mental individual. Estamos frente a un hecho social. Y esta distinción resulta fundamental.
¿Qué sociedad estamos construyendo?
Hace más de un siglo, el sociólogo francés Émile Durkheim escribió El suicidio para demostrar algo que continúa siendo profundamente actual: incluso una decisión aparentemente íntima y personal puede estar condicionada por la estructura social, por los vínculos, por las normas, por las expectativas y por el grado de integración de las personas a la sociedad.
Durkheim desarrolló dos conceptos especialmente útiles para pensar nuestro presente: integración y regulación social.
La integración refiere a la fortaleza de los vínculos que conectan a las personas con los demás. La regulación, en cambio, refiere a la existencia de normas, límites y horizontes capaces de ordenar las expectativas. Cuando esos mecanismos se debilitan, aparece la anomia: una situación en la cual las referencias sociales se vuelven inestables, las expectativas crecen y los individuos quedan cada vez más solos frente a la tarea de encontrar un sentido y construir un proyecto de vida.
Y quizás allí encontremos una de las claves para pensar lo que está ocurriendo.
Porque vivimos en una sociedad que permanentemente nos dice que podemos ser exitosos, pero cada vez explica menos cómo hacerlo.
Nos dice que podemos ser emprendedores, millonarios, influencers, dueños de nuestro tiempo, exitosos, atractivos, productivos y felices.
Pero cuando ese éxito no llega, la explicación suele ser sencilla: el problema sos vos. No te esforzaste lo suficiente. No trabajaste lo suficiente. No fuiste disciplinado. No tuviste la mentalidad correcta. No aprovechaste las oportunidades.
El fracaso, de esta manera, deja de ser entendido como un fenómeno social y se transforma en una responsabilidad individual.
Y allí aparece una enorme paradoja: mientras más estructurales son algunas de las dificultades que atraviesan nuestras vidas, más individualizadas son las explicaciones que recibimos para comprenderlas.
Endeudarse para sostener una vida que ya no alcanza
La economía constituye una parte importante de este escenario. La Argentina viene atravesando de forma sostenida pérdida del poder adquisitivo, precarización laboral, dificultades para acceder a la vivienda y creciente incertidumbre respecto del futuro por parte de la gran mayoría de la población. A esto se suma una expansión del endeudamiento de los hogares.
Los datos del Banco Central muestran que la morosidad de las financiaciones a las familias llegó al 12,8% en junio de 2026.
La deuda pública también continúa siendo una dimensión central de la economía argentina. La Secretaría de Finanzas informó que la deuda bruta de la Administración Central cerró 2025 en aproximadamente US$455.067 millones.
Pero hay algo que suele perderse cuando hablamos de deuda en términos macroeconómicos: detrás de la deuda pública también existen sociedades endeudadas y hogares que utilizan el crédito para sostener consumos básicos, pagar servicios, cubrir gastos imprevistos o llegar a fin de mes.
La deuda deja de ser entonces solamente una herramienta financiera y comienza a convertirse en una experiencia cotidiana.
La persona que debe dinero no solamente tiene una obligación económica: tiene una preocupación constante, una incertidumbre, una sensación de futuro comprometido. Y cuando el futuro se vuelve una sucesión de cuotas, resulta difícil construir proyectos con perspectiva a largo plazo.
La realidad mediada por las redes: todos pueden ser exitosos, nadie puede mostrarse fracasando
A este escenario económico se suma otra transformación profunda, no solo en Argentina: las redes sociales y el uso intentiso y cotidiano de las nuevas tecnologías.
Las redes no son, por sí mismas, las responsables de la crisis de salud mental. Sería simplista y científicamente incorrecto afirmarlo. La investigación actual muestra una relación compleja: las plataformas pueden favorecer vínculos, pertenencia y expresión, pero también pueden intensificar comparación social, presión, exposición y determinados riesgos.
El problema aparece cuando las redes se transforman en el principal escenario de comparación social.
Allí la vida cotidiana se encuentra con una particularidad inédita: nos comparamos permanentemente con las versiones editadas de la vida de los demás.
Vemos el viaje, pero no la deuda. Vemos el auto, pero no la cuota. Vemos el cuerpo, pero no las horas de entrenamiento ni los filtros. Vemos el emprendimiento exitoso, pero no los fracasos anteriores. Vemos el resultado, pero no el proceso.
Y, fundamentalmente, vemos a millones de personas exhibiendo éxito en una sociedad que simultáneamente les exige producir, competir y consumir.
La comparación deja de ser ocasional y se vuelve permanente.
El sociólogo Erving Goffman explicaba cómo los individuos construyen determinadas representaciones de sí mismos frente a los demás. Las redes sociales llevan esta lógica a una dimensión inédita: la presentación del yo se convierte en una actividad cotidiana, cuantificada y públicamente evaluada.
Los “me gusta”, seguidores, visualizaciones y comentarios funcionan como formas contemporáneas de reconocimiento.
Consumo problemático y salud mental
Los consumos problemáticos aparecen muchas veces en ese territorio ambiguo entre el placer, la evasión y la necesidad de soportar determinadas condiciones de vida.
El último estudio nacional de SEDRONAR sobre estudiantes secundarios, realizado en 2025 sobre 117.833 estudiantes de 1.085 escuelas, muestra la magnitud y complejidad del fenómeno de los consumos en adolescentes. El organismo advierte que se trata de una problemática que debe abordarse desde una perspectiva integral, considerando los contextos sociales en los que esos consumos ocurren.
Esto es importante porque también debemos abandonar otra mirada simplista: no todo consumo problemático puede explicarse por una supuesta “falta de voluntad” individual.
Cuando una sociedad produce aislamiento, incertidumbre, frustración y falta de horizontes, también necesita preguntarse qué lugar ocupan determinadas prácticas de consumo como formas de evasión, pertenencia o regulación emocional. No se trata de justificar el consumo. Se trata de comprenderlo. Porque solamente aquello que comprendemos socialmente puede ser abordado mediante políticas públicas eficaces.
La salud mental desde una perspectiva social.
Aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo.
Hablamos cada vez más de salud mental, pero seguimos pensando muchas veces sus problemas desde una lógica individual: si alguien está mal, debe ir al psicólogo; si tiene una adicción, debe tratarse; si está deprimido, debe medicarse; si tiene pensamientos suicidas, debe recibir asistencia. Todo eso es necesario. Pero no alcanza.
La propia definición oficial argentina reconoce que la salud mental comprende el bienestar emocional, psíquico y social y que está relacionado con la capacidad de afrontar los desafíos de la vida y de la comunidad.
La Ley Nacional de Salud Mental 26.657 estableció, además, una perspectiva de derechos y un modelo comunitario de atención.
Argentina llegó en 2023 a informar una inversión equivalente al 10,1% del presupuesto de salud en salud mental, cumpliendo formalmente con el mínimo establecido por la ley.
Por eso, en un contexto social, cultural, politico y económico que considera variable de ajuste a determinadas políticas públicas, la problemática se profundiza.
Por todo lo mencionado, y para un abordaje serio de la problemática, se require un abordaje integral. Necesitamos prevención en las escuelas. Equipos interdisciplinarios. Acceso rápido a profesionales. Dispositivos comunitarios. Políticas de prevención de consumos problemáticos. Regulación de las apuestas online. Educación digital. Espacios de participación juvenil. Clubes, centros culturales y organizaciones comunitarias. Todos aspectos que no resultan rentables para el mercado y que requieren de inversion pública y decision política.
