Reflexiones sobre la intervención ilegal de EEUU en Venezuela.

Reflexiones sobre la intervención ilegal de EEUU en Venezuela.

Estados Unidos y la violación del derecho internacional 

El secuestro del presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa Cilia Flores, por parte de Estados Unidos, constituye una violación flagrante y sin atenuantes de las normas más elementales del derecho internacional público. No se trata de una discusión ideológica ni de simpatías políticas: se trata de legalidad internacional básica, aquella que surgió precisamente para evitar que el mundo se rija por la ley del más fuerte.

La Carta de las Naciones Unidas, en su artículo 2 inciso 4, prohíbe expresamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. A ello se suman el principio de no intervención en los asuntos internos, la prohibición de agresiones armadas sin mandato del Consejo de Seguridad, y la inviolabilidad de los jefes de Estado, reconocida por el derecho consuetudinario y múltiples convenciones internacionales.

Estados Unidos ha decidido ignorar deliberadamente este entramado normativo, una vez más. La gravedad del precedente es enorme. Si Washington se arroga el derecho de secuestrar a un presidente en ejercicio porque no se somete a sus directivas, ¿con qué autoridad podría cuestionar mañana una eventual intervención China sobre Taiwán, o cualquier otra acción similar de una potencia emergente? El orden internacional, ya frágil, entra así en una fase de descomposición acelerada, donde las normas dejan de ordenar y pasan a ser meras declaraciones retóricas.

Las víctimas invisibilizadas: la mentira de la “operación limpia”

Distintas fuentes coinciden en que, hasta el momento, al menos 80 personas —civiles y militares venezolanos— han sido asesinadas durante la intervención. Esto desmiente de plano el relato difundido por voceros estadounidenses y amplificado por medios occidentales, que intentaron instalar la idea de una operación quirúrgica, rápida y con mínimas o nulas bajas.

A ello se suma un hecho aún más grave: más de 100 personas ejecutadas de forma sumaria en el mar Caribe, acusadas sin prueba alguna de integrar supuestas “narcolanchas”. Familias enteras han denunciado que se trata de pescadores, trabajadores, asesinados sin juicio, sin investigación y sin derecho a defensa. Ejecuciones extrajudiciales en toda regla, violatorias del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos más básicos.

Aquí no hay combate al narcotráfico ni restauración democrática: hay violencia estatal ilegítima, muerte y terror como mensaje disciplinador.

¿Qué está pasando hoy en Venezuela?

Tras el secuestro de Maduro, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela designó a la vicepresidenta Delcy Rodríguez como presidenta en funciones, conforme al ordenamiento constitucional vigente. Contra lo que afirmaron varios medios occidentales, Rodríguez no se encontraba en Rusia al momento del ataque: está en Venezuela, ejerciendo la presidencia y exigiendo, junto a las Fuerzas Armadas, la inmediata liberación de Maduro.

También se habló insistentemente de una supuesta fractura del chavismo. Hasta el momento, eso no se verifica. Por el contrario, se observa un bloque político–militar cohesionado, que sostiene las posiciones históricas del gobierno bolivariano: defensa de los recursos naturales y de la soberanía territorial frente a toda invasión extranjera.

El papel de los medios de comunicación occidentales ha sido, una vez más, nefasto. Con un relato infantil, simplificador y funcional a la narrativa estadounidense, han contribuido a la confusión y a la manipulación de la opinión pública, amplificada por redes sociales con una capacidad de penetración cada vez más precisa en la subjetividad social. Nada de esto es nuevo, pero vuelve a confirmar que el frente comunicacional es hoy un campo de disputa central.

Se especuló también con la facilidad de la operación y el bajo nivel de resistencia. Lo primero es innegable: la operación ilegal ordenada por Donald Trump fue efectiva en términos del secuestro de Maduro. Lo segundo es falso. Más de 80 personas asesinadas, entre militares y militantes, hablan de una resistencia real, aunque desigual, de las fuerzas oficialistas.

Las verdaderas motivaciones: petróleo y sometimiento

Más allá de la demonización sistemática del chavismo, las propias declaraciones de Trump fueron esclarecedoras: petróleo y negativa de Maduro a negociar la administración soberana de los recursos naturales en los términos impuestos por Estados Unidos.

Trump no ocultó nada. Admitió públicamente que su país interviene en cualquier Estado que no se someta a sus directivas y que no entregue los recursos que considera necesarios. Hugo Chávez lo advirtió durante años. Maduro, con todos los cuestionamientos que se le puedan hacer desde distintos espacios ideológicos, nunca arrió esas banderas, y hoy paga un precio altísimo, que incluso puede ser el de su vida. La historia es conocida: Gaddafi en Libia, Hussein en Irak, Lumumba en el Congo, Sankara en Burkina Faso.

Celebrar la intervención: un tiro en el pie

Para quienes habitan Argentina o cualquier país al sur de Estados Unidos y festejan esta intervención, conviene decirlo con claridad: es dispararse en el pie. Incluso la oposición venezolana más intransigente ya fue desechada por Trump. Sobre María Corina Machado, afirmó que no tiene el liderazgo suficiente para gobernar. Peor aún: anunció que evalúan administrar directamente Venezuela hasta una supuesta transición ordenada.

Trump volvió a invocar sin pudor la Doctrina Monroe, esa idea colonial que se arroga un derecho divino a intervenir en cualquier país de la región, por cualquier motivo o razón que a ellos se les ocurra. No hay normas, no hay derecho, no hay reglas: solo la fuerza. ¿Aceptaríamos vivir en un barrio sin leyes, sin policía y donde el más fuerte se queda con los bienes del otro? Eso es exactamente lo que hoy ocurre a nivel mundial, como ya venía ocurriendo, aunque quizás de forma cada vez más desembozada.

Una lección para la Argentina

Más allá de lo que ocurra en Venezuela —donde todo indica que el chavismo continuará sin Maduro, lo que probablemente motive nuevas intervenciones ilegales por parte de Estados Unidos hasta conseguir lo que quiere: el petróleo—, hay una lección ineludible para nuestro país, una vez que logremos superar la actual oficina administrativa colonial que tenemos por gobierno.

En un mundo donde el derecho no es medida para ordenar la convivencia entre Estados, es imprescindible fortalecer las Fuerzas Armadas con una visión estratégica, nacional y soberana, orientada a la defensa del territorio y de nuestros recursos naturales, que son muchos y muy codiciados por las grandes potencias, especialmente Estados Unidos. Sin control territorial, no hay soberanía política ni económica posible.

Al mismo tiempo, es urgente repensar nuestro sistema democrático. La democracia liberal formal ya no alcanza. Sus formas vacías derivaron en aparatos partidocráticos alejados de las necesidades populares, generando fenómenos como Milei. Sin una democracia real, participativa, arraigada en barrios y comunidades, no hay democracia. Es necesario avanzar hacia formas de participación directa, con instituciones intermedias vivas y protagonistas. Este debate, sin embargo, merece una columna propia.

Hoy asistimos a un fenómeno quizás más doloroso que la propia intervención extranjera: la erosión profunda de una escala de valores que durante décadas fue indiscutible. La defensa de la Patria frente a cualquier invasión ya no aparece, para amplios sectores, como un principio irrenunciable. Los medios de comunicación y las redes sociales cumplen eficazmente su tarea de vaciamiento simbólico: hoy existen trabajadores y trabajadoras, vecinos y vecinas de barrios populares, familiares, amigos y amigas, que no constituyen la oligarquía rancia ni entreguista ni son el enemigo, pero que celebran intervenciones extranjeras y hasta desean convertirse en colonia. Esa es, probablemente, la derrota más profunda. Sin embargo, para quienes todavía creemos que la soberanía es condición de posibilidad para la prosperidad y la paz, la tarea sigue siendo clara: organizarnos, debatir, vincularnos, articular y construir una alternativa frente a un escenario mundial donde rigen únicamente las reglas de la violencia y el sadismo. No es un camino sencillo ni inmediato, pero es el único posible. Como dice el viejo dicho, tantas veces evocado, pero no por eso menos cierto: si quieres paz, prepárate para la guerra.

Por Germán Herrera

Licenciado en Sociología – Docente

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