Los archivos Epstein: El modo de vida de la élite occidental que nos gobierna.

Los archivos Epstein: El modo de vida de la élite occidental que nos gobierna.

Abusos, encubrimientos y silencios que exponen el funcionamiento real de las élites occidentales.

El caso que expone la lógica del sistema

El caso Jeffrey Epstein no es simplemente la historia de un financista acusado de delitos aberrantes. Es, ante todo, una radiografía del funcionamiento real del poder político y económico occidental. Los archivos judiciales y documentos desclasificados vinculados a la causa —testimonios, listas de contactos, registros de vuelos, acuerdos judiciales y declaraciones de víctimas— permiten reconstruir un entramado sistemático de explotación sexual de menores que operó durante años con total impunidad.

En esos documentos se describen mecanismos de captación, traslado y abuso de niñas y adolescentes, muchas veces llevadas a distintas propiedades de Epstein —incluida su isla privada— para ser sometidas no solo por él, sino también por terceros con enorme poder económico, político y mediático. La persistencia del circuito, su organización y la ausencia de sanciones durante décadas evidencian que no se trató de un delito aislado, sino de una red de pedófilos protegida y amparada por las altas cumbres de la élite occidental, incluido el mismísimo Donald Trump, quien es el responsable de tomar muchas decisiones que afectan la vida cotidiana de millones de personas, en Estados Unidos y en el mundo, lamentablemente.

Quiénes están involucrados y por qué importa

Lo más inquietante que surge de los archivos no es únicamente la gravedad de los crímenes, sino el modo en que fueron encubiertos. Epstein no actuó solo. Testimonios judiciales y declaraciones de las víctimas señalan la participación o connivencia de empresarios multimillonarios, miembros de casas reales, ex funcionarios de alto rango, banqueros y figuras centrales del establishment occidental.

Se trata de personas que se movieron con naturalidad entre gobiernos, corporaciones, fundaciones filantrópicas y organismos internacionales, amparadas por una red de favores, silencios y blindajes judiciales. Por eso el caso Epstein trasciende el plano penal y se convierte en un hecho político de alcance internacional: revela una élite global que no rinde cuentas, que se considera por encima de la ley y que naturaliza la violencia como forma de ejercicio del poder.

Crueldad, sadismo y acumulación

Los archivos dejan entrever, con brutal claridad, el sadismo y la crueldad con los que se manejan quienes concentran riquezas y poder descomunal a escala mundial. Si están dispuestos a violar menores, a destruir cuerpos, a mutilar y asesinar, con total frialdad, se desprende como conclusión que esa misma lógica se reproduzca en el plano económico y social que administran y gobiernan.

El desprecio por la vida ajena se expresa también en un sistema que somete a miles de millones de personas a condiciones de extrema vulnerabilidad, precarización y exclusión, mientras una minoría acumula fortunas obscenas. En este plano se manifiesta una coherencia: la cosificación de los cuerpos y la mercantilización de la vida responden a la misma racionalidad.

Es el sistema, estúpido.

Más allá del caso Epstein en particular, lo que queda al descubierto es el carácter estructuralmente violento del sistema económico y social en el que vivimos. Un orden donde un puñado de empresarios concentra más recursos que países enteros no solo es injusto: es incompatible con cualquier noción de dignidad humana.

Esta acumulación desmesurada consolida una lógica de impunidad permanente. Las reglas no aplican para todos, la justicia se vuelve negociable y el poder económico se transforma en poder absoluto. En ese contexto, los crímenes más atroces no son anomalías, son consecuencia necesaria del sistema.

No es conspiración: es violencia explícita

Para algunos, este caso puede resultar una teoría conspirativa más. Sin embargo, no hace falta recurrir a archivos privados ni a documentos desclasificados para conocer de qué son capaces las élites occidentales, especialmente quienes gobiernan potencias como Estados Unidos o Israel. Lo hacen a plena luz del día, sin ocultamiento alguno, asesinando niños y niñas en Palestina, Irak o Libia, por mencionar solo algunos ejemplos. Esa violencia sistemática, transmitida en tiempo real, forma parte del mismo entramado de poder que el caso Epstein deja al descubierto. Si esas imágenes no generan rechazo ni repudio en quien las observa, difícilmente lo haga este caso. Allí se expresa una subjetividad profundamente manipulada y deshumanizada, producto de un trastocamiento de la escala de valores, donde ya no existen límites éticos y cualquier acción, según quién la cometa, es justificada, relativizada o directamente negada.

El silencio mediático de siempre.

Un capítulo central de este entramado es el papel de los grandes medios de comunicación. Un caso de esta gravedad, que involucra delitos sistemáticos contra menores y compromete a figuras clave del poder político y económico global, debería ser portada durante meses, investigado de manera exhaustiva y debatido de forma permanente en el espacio público.

Sin embargo, las repercusiones mediáticas han sido mínimas, fragmentadas y marginales. Este silencio no es casual. Expone hasta qué punto los grandes conglomerados mediáticos están condicionados —cuando no directamente implicados— por los mismos intereses que el caso Epstein deja al desnudo. La autocensura, la banalización y el rápido desplazamiento del tema de la agenda funcionan como mecanismos activos de encubrimiento.

Argentina y el espejo del poder

En el plano local, este no es un debate abstracto. Es el modelo que hoy se intenta imponer en la Argentina. El proyecto político que encarna Javier Milei se inscribe en esta misma lógica de subordinación al poder económico global, desprecio por los derechos sociales y glorificación de los multimilmillonarios como supuestos motores del progreso.

Lejos de ser un fenómeno aislado, Milei actúa como la marioneta de turno de quienes concentran el poder en Occidente y sostienen un sistema que produce, reproduce y encubre este tipo de atrocidades.

Una alternativa necesaria

El pueblo argentino se merece un gobierno decente, comprometido con la dignidad humana, la justicia social y la soberanía política, económica y cultural. No debemos permitir que nos sometan a lógicas que nada tienen que ver con nuestras tradiciones solidarias y profundamente humanistas, nuestra historia de lucha ni nuestra aspiración colectiva a una sociedad más justa.

Los archivos Epstein no exponen a un puñado de perversos ni se tratan de un hecho excepcional y aislado. Son una advertencia brutal sobre el mundo que se consolida cuando el poder no tiene límites ni control democrático. Frente a eso, construir una alternativa no es una opción: es una necesidad histórica.

Gentileza de Germán Herrera – Licenciado en Sociología – Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (UNCuyo)

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